
Sonó el teléfono. Era el de la mesa de Rebus. Si no contestaba, la centralita pasaría la llamada a otra extensión. Se dirigió a la mesa de Rebus deseando que dejase de sonar, pero no dejó de hacerlo hasta que cogió el receptor.
– ¿Diga?
– ¿Quién habla? -dijo una voz de hombre enérgica y formal.
– La sargento detective Clarke.
– ¿Cómo estás, Siob? Soy Bobby Hogan.
Le había dicho al inspector Hogan que no la llamara Siob. Mucha gente lo prefería, para abreviar. Casi todo el mundo lo escribía mal. Recordó que Fairstone la había llamado Siob varias veces en un exceso de familiaridad. No le gustaba que la llamaran así y debía reprender a Hogan, pero no lo hizo.
– ¿Mucho trabajo? -dijo.
– ¿Sabes que me encargo de lo de Port Edgar? -contestó él-. Bueno, qué tontería, claro que lo sabes.
– Sí, ya he visto que sale muy bien en la tele, Bobby.
– Me encanta que me halaguen, Siob, pero la respuesta es «no».
– Yo ahora no tengo tanto trabajo -dijo ella sonriendo y mirando los montones de papeles que lo desmentían.
– Si necesito un par de manos extra te lo diré. ¿No está John ahí?
– ¿Don Simpático? Está de baja. ¿Para qué lo quiere?
– ¿Está en su casa?
– Yo podría darle el recado -añadió ella intrigada por el tono de impaciencia en la voz de Hogan.
– ¿Sabes dónde está?
– Sí.
– ¿Dónde?
– No ha contestado a mi pregunta: ¿para qué lo quiere?
Hogan suspiró profundamente.
– Porque necesito un par de manos.
– ¿Sólo las suyas?
