
El ruido de la puerta principal al cerrarse la salvó de añadir nada más. A continuación se oyeron unos pasos rápidos. Subían los escalones de tres en tres sin tomarse ni un descanso para respirar, como heraldos de la única persona que poseía la energía suficiente para subir una escalera tan empinada en tan poco tiempo.
– Sabía que te encontraría aquí -anunció Sidney St. James, besando a su hermano en la mejilla. Se dejó caer sobre un taburete y saludó con su estilo personal a lady Helen-. Me encanta ese vestido, Helen. ¿Es nuevo? ¿Cómo puedes tener un aspecto tan formal a las cuatro y cuarto de la tarde?
– Hablando de aspectos formales…
St. James echó un vistazo a la inusual indumentaria de su hermana.
Sidney lanzó una carcajada.
– Pantalones de cuero. ¿Qué pensabas? También hay un abrigo de pieles, pero se lo dejé al fotógrafo.
– Una combinación bastante calurosa para el verano -indicó lady Helen.
– ¿A que es brutal? -corroboró con alegría Sidney-. Me han tenido en el Albert Bridge desde las diez de la mañana, en pantalones de cuero, abrigo de pieles y nada más. Subida en un taxi de 1951, y el conductor… me gustaría que alguien me dijera de dónde sacan esos modelos masculinos, me miraba como un pervertido. Ah, sí, y un poco de exhibición au naturel aquí y allá. Mi au naturel, para ser exacta. Lo único que el chófer tenía que hacer era mirarme como Jack el Destripador. Le pedí prestada esta camisa a uno de los técnicos. Se ha decretado un descanso, así que se me ocurrió pasar a verte. -Paseó una mirada curiosa por la habitación-. Bien. Son más de las cuatro. ¿Dónde está el té?
St. James indicó con un movimiento de cabeza el paquete que lady Helen había dejado apoyado contra la pared.
– Nos has pillado en un momento de desconcierto.
