– Espero no tener que cambiar nada de tus plainificaciones -dijo Leo con frialdad-Pero me gusta saber qué es lo que sucede en el banco desde la cocina hasta la sala de operaciones. Eso significa que sabré en todo momento cómo trabaja mi personal.

– Me pagan por cocinar, no por hacer la vida agradable a la gente -dijo Serena-. Si no te gusta mi forma de cocinar, sólo tienes que decírmelo y encontrar a alguien que me sustituya.

Leo suspiró.

– De verdad, debes aprender a no ser tan brusca, Serena. ¿Dejarías un trabajo en el que se te paga estupendamente sólo por salirte con la tuya?

Serena deseó decirle lo que podía hacer con su maravilloso trabajo, pero se acordó de Madeleine. Le había prometido mandarle algo de dinero para que los niños pudieran ir a un campamento de verano.

– No -dijo-, pero lo hago porque necesito el dinero. ¡No sabía que pelotear al presidente fuera parte de mis obligaciones!

– ¿Quieres que te pague un poco más por ser amable?

– Me vendría bien -dijo ella, ignorando deliberadamente el sarcasmo en el tono de Leo-. ¿Cuánto me ofreces?

Serena se arrepintió inmediatamente de sus palabras.

– Eso depende de lo amable que estés preparada a ser -dijo Leo y Serena se acaloró en pocos segundos.

Se arrepentía de lo que había dicho y se reprochaba el no pensar dos veces las cosas que decía.

De pronto, apartó la vista de Leo y se levantó una vez más.

– Debo volver a la cocina.

– Por supuesto -dijo él sin perder la compostura-. Oh, puede que necesites esto -añadió y abrió un cajón del que sacó la diadema que Serena llevaba el día de la boda de Candace.

Serena tomó la diadema como si estuviera al rojo vivo.

– ,De dónde la has sacado? -preguntó al reconocer que era la suya.



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