– Esa es mi especialidad.

Donnie sonrió ante la locura que llameaba en lo profundo de sus ojos.

– Entonces dime que tengo que hacer para liberarte. Haré cualquier cosa para ver sufrir y morir a mi hermano, y quiero decir cualquier cosa.


Dos días después


Vestida con una larga, y flotante túnica griega, Leta se despertó con un agudo grito. Le tomó varios segundos aclimatarse a sus alrededores. Todavía estaba en su mullido diván, durmiendo en la sala de los espejos en el Olimpo.

Pero algo iba mal. Podía sentirlo. La oscura mano del mal resbalaba sobre su cuerpo con un toque inconfundible.

Dolor, el más vil de todos los dioses, había sido convocado de regreso al reino humano lo cual había provocado su propio despertar. El dios del dolor había sido capturado hacía siglos por Leta quien luchó contra él hasta que ambos estuvieron sangrientos y agotados. Habiendo Zeus prohibido matarle de ninguna de las manera, se había visto forzada a atraparle de modo que nunca hiciera otra vez lo que le había hecho a ella.

Y una vez hubo sido atrapado, se había puesto a si misma en éxtasis para sanar y esperar el momento cuando él se despertara.

Ahora alguien había pronunciado lo que nunca se debería pronunciar otra vez. Aspirando profundamente, permitió que sus enterrados recuerdos la asaltaran.

¡Malditos fueran! Los estúpidos humanos no tenían idea de lo que habían desatado. El dolor no se contentaría con atacar sólo a la persona tras el que lo habían enviado. No, era sanguinario y despiadado. Dolor no respetaba nada y nadie era inmune a Dolor.



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