
Otro recuerdo del sargento me vino a la cabeza.
Se llamaba Jack Burns. Le compró la casa a mi madre. Estaba casado con una maestra de escuela y tenía dos hijos en la universidad. En ese momento, Jack Burns dirigió un gesto seco con la cabeza a Arthur, como si desenfundase un arma. Arthur se dirigió a la puerta de la sala de conferencias y la abrió.
– Señor Wright, ¿podría acompañarme un momento, por favor? -le pidió el detective Arthur Smith con una voz tan desnuda de expresión que era un aviso en sí misma.
Gerald Wright salió al pasillo, titubeante. A esas alturas, todos los ocupantes de la sala sabían que había ocurrido algo terrible, y yo no podía evitar preguntarme por dónde iban sus comentarios. Gerald dio un paso hacia mí, pero Arthur lo asió del brazo con bastante firmeza y lo guio hasta la sala de conferencias pequeña. Sabía que estaba a punto de contarle que su mujer había muerto y me pregunté cómo se lo tomaría Gerald. Entonces sentí vergüenza.
A ratos, comprendía desde la decencia humana lo que le había pasado a una mujer que conocía, pero en otros momentos no podía evitar pensar en su muerte como en uno de los casos de nuestro club.
– Señorita Teagarden -dijo Jack Burns con un tono arrastrado-. Usted debe de ser la hija de Aida Teagarden.
Bueno, también tenía un padre, pero había cometido el pecado capital de inmigrar desde el extranjero (Texas) para trabajar en el periódico local de Georgia, casarse con mi madre, concebirme, para luego marcharse y divorciarse de la muy local Aida Brattle Teagarden.
– Sí -le dije.
– Lamento profundamente que haya tenido que presenciar algo como esto -señaló Jack Burns meneando la cabeza en un gesto de pena.
Era más bien una parodia, de pura exageración. ¿Sería sarcasmo? Bajé la mirada y no dije nada. Era lo último que necesitaba en ese momento. Estaba traumatizada y confusa.
