
De pie en el comedor, se volvió al oír que Eric entraba en la sala y, por un instante, él permaneció en el umbral del comedor, sonriéndole cuando sus miradas se encontraron. El lazo que los unía era evidente, la solidez de su matrimonio, rara.
– Buenas noches, señora Morrison… tienes un aspecto increíble.
Sus ojos, lo dijeron antes de que lo hicieran sus palabras. Siempre era fácil ver y saber lo mucho que la amaba. Su cara era atractiva, juvenil, de rasgos pronunciados, con un hoyuelo en la barbilla y los ojos del mismo azul brillante que ella, y su pelo había pasado sin esfuerzo de rubio rojizo a gris. Tenía un aspecto particularmente atractivo vestido de esmoquin; su estado físico era bueno y se mantenía en forma, con el mismo talle esbelto y los mismos hombros anchos que cuando se casaron. Montaba en bicicleta por el parque los domingos por la tarde y jugaba al tenis siempre que no estaba de guardia el fin de semana. Por muy cansado que estuviera, jugaba a squash o nadaba todas las noches después de acabar el trabajo en la consulta. Los dos parecían salir de un anuncio de personas sanas y atractivas de mediana edad.
– Feliz Año Nuevo, cariño -añadió él, mientras se acercaba, la rodeaba con el brazo y la besaba-. ¿A qué hora vienen?
Se refería a las dos parejas que eran sus compañeros favoritos y sus mejores amigos.
– A las ocho -dijo ella, mientras comprobaba el champán que se estaba enfriando en una cubitera de plata y él se servía un martini-. Al menos, Robert y Anne llegarán a esa hora. Pascale y John lo harán en algún momento antes de medianoche.
Eric se echó a reír al tiempo que se ponía una aceituna extra en el vaso y miraba a Diana.
Él y John Donnally habían ido juntos a Harvard y eran amigos desde entonces.
