Poul Anderson

Valiente para ser rey

1

Una noche de mediados del siglo XX, en Nueva York, Manse Everard se había puesto un raído traje de casa y estaba preparando unas bebidas. El timbre de la puerta le interrumpió. Lanzó un juramento. Lo que él quería ahora —después de varios días de fatigoso trabajo— no era compañía, sino seguir leyendo las antiguas narraciones del doctor Watson.

Bueno; quizá pudiera dominar aquel mal humor. Cruzó la estancia y abrió la puerta con expresión hosca.

—¡Hola! —saludó fríamente.

Pero en el acto se sintió como si estuviera a bordo de una primitiva nave espacial que acabara de entrar en caída libre; ingrávido y desesperanzado bajo el brillo de las estrellas.

—¡Oh! —exclamó—. No sabía… Entre.

Cynthia Denison se detuvo un momento, mirando al bar, por encima del hombro varonil. Había colgadas dos lanzas cruzadas y un yelmo con crines de caballo, pertenecientes a la Edad Aquea del Bronce. Eran oscuros y brillantes; increíblemente bellos. Trató de hablar con firmeza, pero no pudo.

—¿Me puede dar un trago? ¿En seguida?

—¡Claro que sí! —repuso él.

Apretó fuertemente los labios y le ayudó a quitarse el abrigo. Ella cerró la puerta y se sentó sobre una cama sueca, tan limpia y funcional como las armas homéricas. Sus manos revolvieron en el bolso, buscando cigarrillos. Durante unos minutos no cruzaron sus miradas.

—¿Bebe aún whisky irlandés con hielo? —interrogó él.

Sus palabras parecieron venir de lejos y su cuerpo se movió, desmañado, entre vasos y botellas, olvidando cómo lo había adiestrado la Patrulla del Tiempo.

—Sí —respondió ella—. Veo que recuerda.

Y su encendedor sonó; inesperadamente ruidoso en la estancia.

—Solo falto de aquí unos pocos meses —comentó él, a falta de otro tema—. Un tiempo entrópico, intangible; justamente veinticuatro horas por día.



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