
Dejó el vaso en la cama y se retorció los dedos. Luego añadió:
—La Patrulla lo buscó, desde luego. Hoy supe los resultados. No pueden encontrarlo. Ni siquiera aciertan a descubrir lo que le ha ocurrido.
—Judas… —murmuró Everard.
—Keith siempre, siempre le creyó a usted su mejor amigo. No puede figurarse cuán a menudo hablaba de usted. Sinceramente, sé que le hemos tenido abandonado, pero usted nunca parecía estar en casa, y…
—¡Claro! —le animó él—. ¿Cree que soy tan pueril? Estuve ocupado. Y, además, ustedes acababan de casarse…
* * *
«Después de haberlos yo presentado mutuamente, aquella noche, junto al Mauna Loa, bajo la luna. La Patrulla del Tiempo no se puede meter en esas cosas. Una jovencita como Cynthia Cunningbam, un simple peón recién salido de la academia y destinado en su propio siglo, es libre de tratar a un veterano, como yo, por ejemplo, tan a menudo como ambos deseen, fuera del tiempo de servicio. No hay razón que le impida usar sus aptitudes para disfrazarse y llevar a una chica a bailar en la Viena de Strauss, o al teatro en el Londres de Shakespeare, o a visitar pequeños bares como el de Tom Lebrer, en Nueva York, o a jugar al tejo, o a esquiar sobre las aguas, en Hawai, mil años antes que llegaran allá las primeras canoas. Y un miembro de la Patrulla es, así mismo, libre de reunirse con ambos. Y de casarse después con la muchacha.»
Everard hizo humear su pipa. Luego, con la cara oculta por el humo, sugirió:
—Empecemos por el principio. He perdido el contacto con ustedes durante dos o tres años. Por eso no estoy muy enterado del trabajo actual de Keith.
—¡Si nunca pasó usted sus vacaciones en esta época! Nosotros queríamos que viniera a visitamos.
—¡Perdón! Yo podía haberlo hecho si hubiera querido.
La ingenua cara de Cynthia palideció como si hubiera recibido una bofetada. El rectificó, arrepentido:
