
El sentido común le ordenó que dijera algo antes de que ella lo considerara un pervertido. Y lo habría hecho, pero justo cuando abría la boca, ella sonrió. Una sonrisa lenta, cálida, seductora y sexy que le provocó unos hoyuelos gemelos en las mejillas.
Santo cielo. Sintió como si alguien hubiera acercado una cerilla a sus pantalones. El deseo fue una bofetada en el rostro y le recorrió las venas. No recordaba haber experimentado jamás un golpe tan súbito y visceral de lujuria. Y a juzgar por el brillo en los ojos de ella, la atracción era mutua.
– Sólo hay tres cosas necesarias para nuestra sesión de quiromancia -indicó ella con esa voz ronca-. Tú, yo… -se inclinó hacia él- y, bueno, la palma de tu mano -miró la mesa vacía.
Jackson salió del estupor en el que se hallaba y, con una sonrisa, apoyó las manos sobre la mesa.
– Lo siento. Estaba demasiado ocupado admirando la vista.
Ella lo observó con curiosidad e hizo que se moviera en la silla. Si esa mujer conseguía ponerlo duro sólo con una mirada, ¿qué diablos pasaría cuando lo tocara?
– Sí, la vista ha mejorado de forma drástica aquí -murmuró ella cuando sus ojos volvieron a encontrarse-. ¿Eres diestro o zurdo?
¿Lo acababa de lanzar a otra galaxia y pretendía que le respondiera esas preguntas con trampa? Carraspeó.
– Diestro. ¿Cómo te llamas?
Le guiñó un ojo.
– Puedes llamarme Madame Omnividente.
Santo cielo, estaba perdido. Un guiño. ¿Cuándo había sido la última vez que una mujer le había guiñado un ojo? No lo recordaba.
– ¿Cómo te llamas tú? -preguntó ella.
– Una adivina debería saberlo.
Ella esbozó una leve sonrisa, atrayendo su mirada a esos labios carnosos y brillantes.
– Desde luego, señor… mmmm. ¿Qué nombre encaja contigo?
