Por eso todo era tan complicado y ella estaba tan angustiada.

– ¿Te encuentras bien, Willow?

– ¿Qué? -preguntó ella, sorprendida. Al volverse, se encontró con Emily Wootton, que la miraba con preocupación-. Ah, sí, no es nada. Es que me caso el sábado…

– ¿De verdad? -sonrió la mujer-. Qué alegría.

Willow tenía sus dudas.

– Seguro que todo el mundo lo pasará muy bien, pero yo estoy deseando que pase esta semana y encontrarme en las playas de Santa Lucía -dijo, intentando sonreír-. Me estabas hablando sobre el chalé que el fideicomiso ha recibido de los Kavanagh -añadió, mordiéndose la lengua para no contarle sus problemas a una persona a la que había conocido dos días atrás. Pero, ¿a quién podía contárselos si no? Nadie que conociera a Mike Armstrong y hubiera visto la casa en la que iba a vivir con él podría entenderlo. Ella misma no lo entendía. Si pudiera volver a la noche que le había pedido que se casara con él… Si pudiera convencerse a sí misma de que eso era lo que Mike realmente quería-. Hace falta dinero para convertirla en una residencia para huérfanos, ¿no?

– No, eso ya está hecho. Lo que falta es pintarla y necesitamos voluntarios -sonrió Emily-. Supongo que es imposible convencerte para que renuncies a tu luna de miel, ¿verdad? Las Antillas tampoco son tan interesantes…

En ese momento, una lágrima empezó a rodar por la mejilla de Willow.

– Willow, ¿qué te pasa?

– Nada -contestó ella, buscando un pañuelo-. Es que estoy nerviosa por la boda.

La boda y el esfuerzo que estaba haciendo para que nadie viera que odiaba la casa que el padre de Mike les había regalado. Un edificio enorme de ladrillo rojo con cinco dormitorios, tres cuartos de baño y un acre de jardín que tendría que cuidar cuando no estuviera planchando o cocinando.



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