– Tiene un aspecto espléndido, ¿no es verdad? -dijo Dagmarr.

– Y tú estás bellísima, cariño -respondió el novio rápidamente.

– Perdóname por preguntártelo, Johannes, pero ¿va a ser reconocida oficialmente la fuerza aérea alemana? -dije yo.

– Cuerpo aéreo -dijo Buerckel-, es un cuerpo aéreo. -Pero no añadió nada más-. Y usted, Herr Gunther, es undetective privado, ¿verdad? Debe de ser interesante.

– Investigador privado -le corregí-. Tiene sus buenos momentos.

– ¿Qué es lo que investiga?

– Casi cualquier cosa, excepto divorcios. La gente actúa de una forma extraña cuando los engaña su marido o su mujer, o cuando son ellos los que engañan. Una vez me contrató una mujer para que le dijera a su marido que pensaba dejarle. Tenía miedo de que se la cargara. Así que se lo dije yo y, ¿sabes qué?, aquel hijo de puta trató de cargárseme a mí. Me pasé tres semanas en el hospital St. Gertrauden con un collarín. Eso puso punto final a mi trabajo matrimonial. Ahora me dedico a todo, desde las investigaciones para las aseguradoras hasta vigilar regalos de boda o buscar a personas desaparecidas; es decir, a aquellas de las que la policía todavía no sabe nada, además de aquellas de las que sí sabe. Sí, ésa es una parte de mi negocio que ha mejorado notablemente desde que los nacionalsocialistas tomaron el poder. -Sonreí todo lo afablemente que pude y moví las cejas sugerentemente-. Me parece que a todos nos ha ido bien con el nacionalsocialismo, ¿eh? Unas auténticas Violetas de Marzo.

– No hagas caso de Bernhard -dijo Dagmarr-. Tiene un extraño sentido del humor.

Yo habría querido añadir algo más, pero la orquesta empezó a tocar y, muy sensatamente, Dagmarr se llevó a Buerckel a la pista de baile, donde recibieron cálidos aplausos.

Aburrido con el sekt que ofrecían, fui al bar a buscar una bebida de verdad. Pedí una Bock y un Klares, un alcohol claro e incoloro, a base de patata, que me gusta; me las bebí con bastante rapidez y pedí lo mismo otra vez.



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