
Dos horas más tarde, tenía un perfil detallado de Christopher Hilliard. Al parecer, Hilliard tenía la costumbre de no pagar sus cuentas, una costumbre curiosa en un hombre de dinero. También había insinuaciones sobre posibles negocios sucios, pero no se especificaba nada en concreto. La información más interesante procedía del empleado de un casino; según él, había contraído deudas con gente muy poco amistosa. ¿Sería ésa la razón por la que necesitaba el dinero del secuestro?
Y hablando de ese dinero… Hizo una llamada rápida y se reclinó en la silla. ¿Qué iba a hacer? Aunque no terminaba de creer a Madison, todavía no le había descubierto ninguna mentira. Por supuesto, no era una persona a la que él respetara, pero eso no significaba que quisiera verla muerta. Y hasta que estuviera seguro, ella continuaba siendo responsabilidad suya.
Pero podría quitársela de encima rápidamente, se dijo a sí mismo mientras alargaba la mano hacia el teléfono. En aquella ocasión llamó a casa de Blaine Adams, que contestó el teléfono al primer timbrazo.
– ¿Diga?
– Soy Tanner Keane.
– Por fin. Espere un momento, señor Keane. ¡Christopher, es el señor Keane, ponte en el teléfono de la biblioteca!
Tanner esperó en silencio. Después oyó un clic y supo que Hilliard estaba en la otra línea.
– ¿Keane? ¿Qué demonios está pasando? ¿Dónde está mi esposa?
«Su ex esposa», pensó Tanner, preguntándose quién estaba jugando realmente con él.
– Está conmigo y está a salvo.
Blaine dejó escapar un sonoro suspiro de alivio.
– Gracias a Dios. Debería haberte hecho caso antes, Christopher. Me dijiste que el señor Keane era el mejor. ¿Madison está bien?
