El equipo se encontraba enterrado a más de un kilómetro bajo tierra, a fin de filtrar las radiaciones menos penetrantes y atrapar únicamente a los auténticos mensajeros del centro del Sol. El conteo de los mismos les permitiría estudiar detalladamente las condiciones reinantes en un lugar que, como cualquier filósofo podría demostrar, se encontraba fuera del alcance de la mente y los sentidos humanos.

El experimento fue un éxito: pudieron detectar los neutrinos solares. Sin embargo… eran demasiado escasos. El complejísimo instrumental había detectado un número tres o cuatro veces menor al que indicaba la teoría.

Evidentemente, algo andaba mal, y el Caso de los Neutrinos Ausentes se convirtió en el gran escándalo científico de la década de 1970. Se verificó el instrumental una y otra vez, se examinaron las teorías, se repitió el experimento decenas de veces: en todos los casos se obtuvieron los mismos resultados desconcertantes.

Hacia fines del siglo veinte los astrofísicos se vieron obligados a admitir una inquietante conclusión, aunque en ese momento nadie la desarrolló hasta sus últimas implicaciones.

La teoría estaba bien, lo mismo que el instrumental. El problema estaba en el Sol.

La Unión Astronómica Internacional realizó la primera reunión secreta de su historia en el año 2008, en Aspen, Colorado, cerca de la sede del primer experimento, que a esa altura había sido reproducido por científicos de varios países. Una semana más tarde, el Boletín Especial de la UAI No.55/08 llegó a las manos de todos los gobiernos de la Tierra. Llevaba un título deliberadamente ambiguo. «Notas acerca de ciertas reacciones solares» cualquiera hubiera dicho que el anuncio del Fin del Mundo provocaría cierto pánico. En realidad, la primera reacción fue de silencio estupefacto… seguido de un encogimiento general de hombros y la reanudación de la vida cotidiana normal.



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