
El concejal Simmons se inclinó sobre el respaldo del asiento para hablar con la alcaldesa.
— Helga — dijo (era la primera vez que llamaba a la alcaldesa por su nombre de pila en presencia de Brant) —, ¿crees que podremos comunicarnos? Los lenguajes robóticos cambian con mucha rapidez.
La alcaldesa Waldron era muy hábil en el arte de ocultar su ignorancia:
— Ese es el problema que menos me preocupa; esperemos a ver qué pasa. Brant, disminuye la velocidad si eres tan amable. Me gustaría llegar con vida.
Aunque conocía el camino y la velocidad no era excesiva, Brant se apresuró a complacerla y la redujo a cuarenta kilómetros por hora. Se preguntó si la alcaldesa no buscaba una excusa para postergar el gran momento. Sobre sus hombros recaía la abrumadora responsabilidad de recibir la segunda nave que llegaba al planeta proveniente de otro mundo. Los ojos de Thalassa estaban fijos en ella…
— ¡Krakan! — maldijo uno de los pasajeros —. ¿Alguien se acordó de traer una cámara?
— Demasiado tarde — respondió el concejal Simmons —. Pero no se preocupe, ya habrá tiempo para tomar fotos. Me parece difícil que hayan venido hasta aquí sólo para decir «Hola».
Habla un matiz histérico en su voz, que a Brant le resultó perfectamente comprensible. ¿Quién podía prever qué los aguardaba más allá de la cresta de la loma siguiente?
— Si, señor presidente, le informaré apenas tenga alguna novedad.
La alcaldesa Waldron hablaba por el transmisor del auto. Perdido en sus ensueños, Brant no había escuchado el comienzo de la conversación. Por primera vez en su vida lamentaba no haber estudiado un poco más de historia.
