
Había recibido dos llamadas del gobernador provincial, una de la oficina del presidente y una de la agencia noticiosa de la Isla Norte, todas para formular la misma pregunta inútil. La respuesta, lacónica, había sido la misma en todos los casos: sí, por supuesto que los tendremos al tanto… Gracias por su llamada.
A la alcaldesa Waldron le disgustaban las conmociones, y el moderado éxito de su carrera en la política local se debía a su habilidad para evitarías. Lo cual, desde luego, a veces resultaba imposible: su poder de veto no hubiera podido desviar el huracán del año 9, el acontecimiento más destacado en lo que iba del siglo… sin contar lo de ahora.
— ¡Silencio! — exclamó —. Reena, deja de jugar con esas conchas, costó mucho trabajo ordenarlas. Además es hora de ir a la cama. Billy, ¡bájate de la mesa inmediatamente!
El orden se restableció de inmediato: señal de que, por una vez en la vida, a los aldeanos les interesaba escuchar el informe de su alcaldesa. Esta apagó su teléfono portátil, que sonaba con insistencia, y derivó la llamada al centro de comunicaciones.
— La verdad es que sé tanto como ustedes, lo más probable es que no recibamos nuevos informes hasta dentro de algunas horas. Ahora, no cabe duda de que se trata de una nave espacial que reingresó, o mejor ingresó, en nuestra atmósfera en su primera pasada. Tarde o temprano deberá descender sobre una de la Tres Islas, ya que no hay otra tierra firme en Thalassa. Podría tardar varias horas si da una vuelta completa alrededor del planeta.
— ¿Se ha intentado tomar contacto por radio? — preguntó alguien.
