
La chica a la que ambos amaban.
Hunter nunca se lo había dicho, pero Ty lo sabía. No estaba seguro, en cambio, de que Lilly lo supiera. Era tan inocente a pesar de su actitud… Por eso Ty se preocupaba tanto por ella. No eran novios, pero eran algo.
Lástima que no fueran a tener tiempo para descubrir qué era ese algo.
El colgante que Ty había comprado para Lilly le quemaba el bolsillo. Lo había comprado para que ella no lo olvidara. Nunca. Se le encogió el estómago y se detuvo de repente.
Lilly chocó con él.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué te paras? Todavía no hemos llegado.
Ty tragó saliva con esfuerzo.
– Sólo quería darte una cosa -hablaba en voz baja, aunque sabía que no había por allí nadie que pudiera oírlos.
Hunter, que estaba al corriente de lo que había planeado, esperaba en alguna parte, tras ellos.
Ty se metió la mano en el bolsillo y sacó el corazoncito de oro. Un sonrojo ardiente lo inundó cuando extendió la palma de la mano. Por suerte estaban a oscuras y ella no podía ver cómo le ardían las mejillas.
– Ten -murmuró. No era gran cosa y aquello lo avergonzaba tanto como darle el regalo.
Lilly aceptó el pequeño colgante. Aunque apenas veía, lo volteó en la mano y lo estuvo observando tanto tiempo que Ty empezó a removerse, incómodo, mientras aguardaba su reacción.
– Es precioso -dijo ella por fin con la voz estrangulada.
Él exhaló, aliviado.
– Yo… -Ty era un chico de pocas palabras y no sabía qué decir.
– Lo sé -como siempre, ella intervino: entendió lo que quería decir y alivió su inquietud. Cerró una mano sobre el corazón y le echó los brazos al cuello, abrazándolo con fuerza.
