
– Ya es suficiente, Michael. Entra.
El chico tomó tres tragos más y se limpió el rostro con el dorso mientras ella lo empujaba al interior con la puerta.
Dio un par de palmadas y luego cruzó los brazos.
– Bien, niños y niñas, empezaremos la tarde con una plegaria.
El ruido disminuyó y la habitación quedó en silencio.
– En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
Treinta y cinco niños se persignaron al mismo tiempo que ella.
Cuando la plegaria terminó, se sentaron con un ruido similar al que haría una parvada de gansos al aterrizar, mientras la hermana se colocaba detrás de su escritorio, frente a ellos. Era una mujer alta y delgada, de piel clara y dulces ojos color marrón. Tenía las cejas del mismo color castaño claro del pelo de la mazorca del maíz y la curva de sus labios era tan bella como la parte superior de una manzana. Su expresión nunca se volvía severa ni los labios perdían su bondadosa curvatura, incluso cuando algo no le gustaba. Su voz estaba llena de paciencia y serenidad.
– Los de tercer grado van a trabajar en su ortografía -las dos hileras de tercer grado ocupaban el lado derecho del salón. Repartió hojas con ejercicios y los puso a trabajar. Había reunido a los alumnos de cuarto año en torno a su escritorio para practicar las tablas de multiplicar, cuando alguien llamó a la puerta. La interrupción desató algunos murmullos, por lo que la hermana hizo que todos guardaran silencio mientras se dirigía a abrir.
En el pasillo estaban el padre Kuzdek y Eddie Olczak.
– Buenas tardes, padre. Buenas tardes, señor Olczak -se dio cuenta de inmediato de que algo terrible había pasado.
– Hermana, lamento mucho interrumpir su clase -comenzó el padre Kuzdek-. ¿Puede cerrar la puerta, por favor? -el padre estaba visiblemente perturbado y Eddie había estado llorando.
Cuando cerró la puerta, el padre prosiguió-: Tenemos muy malas noticias. Ocurrió un accidente. Esta mañana el tren mató a la esposa de Eddie.
