– ¿Qué quieres decir con eso?

– Él sólo se fija en los que cantan bien. A los demás, ni nos ve.

– O sea, que la asignatura que más te gusta es aquella en la que pasas inadvertido, ¿es eso?

– Bueno, la química tampoco está mal.

Mi padre estaba visiblemente sorprendido. Por un instante, dio la impresión de estar rebuscando entre remotos recuerdos de su miserable vida escolar por ver si tenían esa asignatura siquiera. Yo lo miraba como embrujado, pues se transformaba ante mis ojos. Hasta entonces, lo único que cambiaba en él era su ropa, sus zapatos y el color de su cabello, cada día más gris. Pero aquel día ocurrió algo imprevisto. Parecía como si fuese víctima de una suerte de indefensión repentina que yo no había detectado hasta entonces. Pese a que se sentaba a menudo al borde de mi cama o salía a nadar conmigo en la bahía, siempre había estado muy distante. Ahora, en ese estado de precariedad, lo sentí más próximo. Yo era más fuerte que el hombre que tenía frente a mí, al otro lado del blanco mantel del restaurante donde una banda interpretaba canciones que nadie escuchaba y el humo de los cigarrillos se mezclaba con olorosos perfumes mientras el vino desaparecía de su copa.

Entonces decidí en un segundo lo que iba a contestar. Descubrí mi futuro o lo inventé en aquel preciso momento. Mi padre me miró con sus ojos de color gris azulado como recuperado de su indefensión. Pero yo la había percibido y no la olvidaría jamás.

– ¿De modo que te atrae la química? ¿Por qué?

– Porque pienso ser médico. Y para eso hay que saber de sustancias químicas. Quiero operar a la gente.

Entonces, me miró con expresión de repugnancia.

– ¿Quieres decir que piensas ponerte a despedazar gente?

– Sí.

– Pero no podrás ser médico con el graduado en formación profesional, ¿no?

– Quiero seguir y estudiar el bachillerato.

– ¿Para luego hurgar en las entrañas de las personas?



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