La Señora Carlota sale. Belisario, que al principio del diálogo de ésta con la Mamaé ha estado escribiendo, anotando, echando papeles al suelo, de pronto quedó pensativo, luego interesado en lo que decían las dos mujeres, y, al final, ha ido a acuclillarse como un niño junto al sillón de la Mamaé.

MAMAÉ

(Está regresando hacia su sillón y, viejita de nuevo, habla para sí misma)

¿Será verdad que le dice que soy una niñita de mírame y no me toques? ¿Una

remilgada que nunca sabrá hacerlo feliz como sabe ella? ¿Será verdad que estuvo con

ella ayer, que está con ella ahora, que estará con ella mañana?

Se acurruca en su sillón. Belisario está a sus pies, como un niño, escuchándola.

BELISARIO

O sea que la mujer mala le hizo dar unos celos terribles a la señorita que estaba de novia.

MAMAÉ

Peor todavía. La inquietó, la turbó, le llenó la cabecita inocente de víboras y pajarracos.

BELISARIO

¿Cuáles son los pajarracos, Mamaé? ¿Los gallinazos?

MAMAÉ

(Sigue el cuento)

Y la pobre señorita pensaba, con los ojos llenos de lágrimas: «O sea que no me quiere a mí sino a mi apellido y a la posición de mi familia en Tacna. O sea que ese joven que yo quiero tanto es un sinvergüenza, un aprovechador».

BELISARIO

Pero eso no es cierto, Mamaé. ¡Quién se va a casar por un apellido, por una posición social! Que se quería casar con la señorita porque ella iba a heredar una hacienda, me lo creo, pero lo otro…

MAMAÉ

Lo de la hacienda era falso. El oficial chileno sabía que esa hacienda la habían rematado para pagar las deudas del papá de la señorita.

BELISARIO

Ya estás enredando el cuento, Mamaé.

MAMAÉ

Así que el oficial chileno le había mentido a la mujer mala. Que la señorita iba a heredar una hacienda. Para que lo de casarse por interés, no por amor, resultara más convincente. O sea que no sólo engañaba a la señorita sino también a la señora Carlota.



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