Emocionadas, se hacen cariños. Belisario, de pie, se pasea por el proscenio con un alto de papeles en las manos, desasosegado:

BELISARIO

No será una historia de amor, pero romántica sí lo es. Eso, al menos, está claro. Hasta donde tu recuerdas y hasta donde mi madre recordaba, ambas fueron uña y carne. ¿No hubo entre ellas, en esos largos años de convivencia, roces, envidias? ¿No hubo celos en esos años en que lo compartieron todo? (Las mira a las dos, burlón.) Bueno, dudo que compartieran al Abuelo. Pero sí a los hijos ¿no es verdad? (Da vueltas alrededor de la Abuela y la Mamaé, examinándolas.) Es decir, tú los tenías, Abuelita, y eras tú, Mamaé, quien pasaba los sustos y los desvelos. Tú dabas mamaderas y cambiabas pañales y hacías guardia junto a las cunas y eras tú la que se quedaba en casa

para que los abuelos salieran al teatro, al cine y a las fiestas, cuando todavía podían darse esos lujos. (Va hasta el escritorio, donde deja los papeles y los lápices. Se arremanga los pantalones, como hacen los niños para vadear un río, y da de pronto unos saltitos, brinquitos, como si estuviera haciendo bailar un trompo o jugando a la rayuela.) Pero con quien demostraste todavía más paciencia, una paciencia infinita, allá en Bolivia, fue con el jurisconsulto en ciernes, el futuro salvador de la familia, Mamaé.

Agustín y César han entrado de la calle durante el monólogo de Belisario. Besan a la Abuela, a su hermana y se acercan a saludar a la Mamaé, quien, al verlos venir sonríe cortésmente y les hace una profunda reverencia. Ellos la acariñan. Ella se deja hacer, pero, de pronto, grita:

MAMAÉ

¡Viva Herodes! ¡Viva Herodes! ¡Ayyy!

Cuando la Mamaé grita ¡Viva Herodes!, Belisario, sin dejar de escribir, parece divertirse mucho. Se revuelve en su asiento, regocijado, y a veces interrumpe su trabajo para mirar a la Mamaé e imitar sus gestos, como llevarse la mano al pescuezo y simular que estuviera acogotando a alguien.



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