Llevo ya bastantes años escribiéndolas y nunca ha dejado de intrigarme y sorprenderme el imprevisible, escurridizo camino que sigue la mente para, escarbando en los recuerdos, apelando a los más secretos deseos, impulsos, pálpitos, «inventar» una historia. Cuando escribía esta pieza de teatro en la que estaba seguro de recrear (con abundantes traiciones) la aventura de un personaje familiar al que estuvo atada mi infancia, no sospechaba que, con ese pretexto, estaba, más bien, tratando de atrapar en una historia aquella —inasible, cambiante, pasajera, eterna— manera de que están hechas las historias.

Washington, marzo de 1980.

PERSONAJES

MAMAÉ

ABUELA CARMEN ABUELO PEDRO AGUSTÍN CÉSAR AMELIA BELISARIO JOAQUÍN SEÑORA CARLOTA

Anciana centenaria

Su prima. Algo más joven y mejor conservada

Su esposo

Hijo mayor, en la cincuentena

Hijo segundo, algo más joven que su hermano

La hija menor, en sus cuarenta

Hijo de Amelia

Oficial chileno, joven y apuesto

Bella y elegante, en sus treinta

DECORADO Y VESTUARIO

DOS DECORADOS comparten el escenario: la casa de los Abuelos, en la Lima de los años cincuenta, y el cuarto de trabajo de Belisario, situado en cualquier parte del mundo, en el año 1980.

La mayor parte de la acción transcurre en la casa de los Abuelos. Salita–comedor de un modesto departamento de clase media. Dos puertas, una a la calle y otra al interior de la casa. El mobiliario muestra la estrechez económica, lindante con la miseria, de la familia. Los muebles imprescindibles son el viejo sillón donde la Mamaé ha pasado buena parte de sus últimos años, la sillita de madera que le sirve de bastón, un viejo aparato de radio, la mesa donde tiene lugar la cena familiar del segundo acto. Hay una ventana a la calle, por la que se oye pasar el tranvía.

Este escenario no debería ser realista.



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