
Desde hacía dos años, Morosini recorría Europa en compañía de su amigo el egiptólogo Adalbert Vidal-Pellicorne. Habían logrado encontrar tres de las piedras desaparecidas: el zafiro, el diamante y el ópalo. Aldo había conocido al hombre que los había comprometido en esta búsqueda en los sótanos del gueto de Varsovia. Era un judío cojo, dotado de una vasta cultura y de una gran sabiduría, que incluso poseía el don de la clarividencia. Era, además, una de esas personas que saben atraerse el afecto de la gente. La historia que Simón Aronov le contó al príncipe anticuario era de las que no se pueden escuchar con indiferencia cuando uno es joven, valiente, un apasionado de las joyas antiguas y le gusta la aventura. Según esa historia, el pueblo de Israel, dispersado por todo el mundo, sólo recuperaría su tierra natal y sus derechos soberanos si el pectoral completo regresaba a la madre patria. Eso también acabaría con el poder maléfico de las piedras sagradas, robadas por primera vez por los soldados de Tito. ¡Y Dios sabía lo malignas que eran! Su belleza y su enorme valor despertaban la codicia tanto de hombres como de mujeres, y a lo largo de los siglos su rastro estaba manchado de sangre.
El propio Aldo había sufrido las consecuencias de ese poder: su madre, la princesa Isabelle, a quien sus antepasados habían legado el zafiro, había muerto asesinada.
