
El mendigo de Sevilla
1924
La fiesta tenía algo de mágico. Quizá porque esa noche nacía de la más pura tradición andaluza, convertida en milagro por la voz excepcional de un niño.
Sentado en una silla junto a la fuente, vestido con un traje negro y una camisa blanca, las palmas de las manos sobre los muslos, el cuello estirado y mirando hacia arriba, como para interrogar a las estrellas que constelaban la bóveda azul del cielo, Manolo, indiferente a la multitud que lo rodeaba, dejaba brotar su voz pura en una soleá de una gran belleza. A su lado, el guitarrista, erguido, con un pie apoyado en un taburete, se inclinaba hacia él como en actitud solícita.
La frase musical, auténtica filigrana sonora, surgía límpida, quedaba entrecortada por extraños lamentos y después reanudaba el vuelo. El público contenía la respiración, hechizado por una expresión tan perfecta del cante jondo, cuyo origen había que buscarlo en las profundidades del tiempo y en el que confluían la música litúrgica de Bizancio, la de los reyes moros de Granada y la aportación fogosa de las bandas gitanas que emigraron en el siglo XV. Era la raíz misma del flamenco antes de la contribución de los cafés de Triana y del Sacromonte, un extraordinario momento de arte puro.
