
»Esta situación habría podido prolongarse. Desgraciadamente, seguros de su poder y de sus fortunas, apoyados por una Iglesia en buena parte afecta a ellos, se escondieron cada vez menos, practicaron la blasfemia casi oficial, el escarnio, y mostraron una falta total de escrúpulos. El resto del pueblo los odiaba tanto como los temía, pero su mayor error fue no haber apreciado en su justo valor a la joven reina Isabel, que reunía todas las cualidades de un gran jefe de Estado.
—Ah, tengo la impresión de que no vamos a tardar en hablar de la Inquisición —dijo Morosini.
—Pues sí. Un día de septiembre de 1480, Isabel la Católica abrió uno de los cajones del mueble donde guardaba los papeles de Estado y sacó un documento que descansaba allí desde hacía aproximadamente un año. Era un pergamino provisto de un sello de plomo sujeto a unas cintas de seda de colores claros: la bula que autorizaba a los soberanos españoles a instaurar en su país un severo tribunal eclesiástico. El documento llevaba fecha de 1 de noviembre de 1478, pero la reina había tenido la prudencia de tomarse tiempo para reflexionar y diferir su promulgación. Esta vez, lanzó el arma terrible que guardaba en el secreto de sus aposentos.
Diego Ramírez había hecho otra pausa para saciar su sed y Morosini empezó a preguntarse si le quedaría la suficiente lucidez para contar la historia que a él le interesaba por encima de todo.
—Si he entendido bien —dijo—, ya tenemos el decorado montado, la atmósfera creada… Vayamos ya a la historia de Catalina, por favor.
