—No lo parece. Incluso se diría que está muy tranquilo. Tal vez aún no lo sepa.

—En ese caso, vamos allá.

Pero Don Basilio lo sabía. Para ser exactos, acababa de enterarse, pues su lívido rostro estaba adquiriendo una curiosa tonalidad rosácea que en él debía de ser signo de una violenta emoción. Movía de un lado a otro la cabeza de pájaro y la larga nariz, como si intentara olfatear el rastro del malhechor.

—¡Increíble! ¡Inconcebible! ¡Absolutamente escandaloso! —no cesaba de repetir. Y a continuación puso por testigo a la señora de Las Marismas—: ¿No es usted del mismo parecer, querida Isabel? Vivimos en el siglo de las abominaciones.

La conciliadora doña Isabel se puso enseguida manos a la obra.

—El príncipe y yo compartimos su opinión, querido don Manrique —dijo—. Por cierto…

El marqués interrumpió un instante sus imprecaciones para clavar unos ojos de búho en el recién llegado.

—¿El príncipe? —masculló—. ¿Príncipe de qué, si puede saberse?

El tono era tan despreciativo que, pese a sus buenos propósitos, Aldo se ofendió.

—Cuando alguien cuenta con cuatro dux de Venecia entre sus antepasados, uno de ellos un príncipe del Peloponeso —dijo con la misma arrogancia que el otro—, no tiene que rendir cuentas de sus blasones a un hidalgüelo español.

Doña Isabel se interpuso valientemente en la disputa.

—¡Señores, señores! ¡Piensen que la reina está aquí! Esta reyerta no es propia de hombres cuya inteligencia y cuyos grandes conocimientos deberían permitirles simpatizar. Permita, pues, príncipe, que le presente…, privilegio de la edad —precisó con una sonrisa, para evitar confusiones—, al marqués de Fuente Salada, chambelán de su majestad la reina María Cristina, viuda de nuestro añorado rey Alfonso XII. Don Manrique, éste es el príncipe Morosini, un gran señor y un experto internacional en joyas históricas. Su cultura es casi tan vasta como la de usted. Además, el rey, a quien ha prestado un gran servicio, lo aprecia mucho.



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