Una vez que hubo observado con ojo crítico la alta y elegante figura masculina que estaba de pie ante él, el personaje, después de consultar una nota que enseguida tapó con su ancha mano, gruñó:

—¿Se llama usted… Morosini?

—Ese es mi apellido, en efecto —respondió Aldo, sentándose tranquilamente en una silla colocada delante de la mesa y estirando con cuidado la raya de los pantalones.

—No creo haberle ofrecido asiento.

—Un simple olvido por su parte, supongo —repuso el príncipe sin alterarse—. Pero ya estoy sentado. Si no me equivoco, desea hablar conmigo sobre el robo de que fue víctima la duquesa de Medinaceli anteayer en la Casa de Pilatos.

—Así es. Y estoy convencido de que tiene cosas muy interesantes que contarme.

Morosini alzó una ceja para mostrar su sorpresa.

—No sé cuáles, pero pregunte y trataré de contestarle.

—Muy sencillo: ¿quiere decirme dónde se encuentra actualmente el cuadro en cuestión?

El interpelado se sobresaltó y frunció el entrecejo.

—¿Cómo voy a saberlo? No he sido yo quien lo ha cogido.

Gutiérrez adoptó una expresión astuta que quedaba de lo más forzada.

—Eso es lo que habría que ver. Ya imagino que no le es posible decirme dónde está exactamente el retrato de la reina Juana. Supongo que, tras llegar hasta el mar por el Guadalquivir, se dirige hacia algún lugar de África o a cualquier otro destino, y que registrar su habitación del Andalucía no serviría de nada.

—En otras palabras, me acusa de ladrón, y sin tener la mínima prueba.

—Aunque todavía no la tenemos, no tardaremos en encontrarla. De todas formas, alguien sospecha que usted ha robado ese objeto, y un sirviente lo vio salir de la casa en plena fiesta.



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