
Llegó a la ciudad de Logroño con apenas veintitrés años. Allí las cosas le fueron relativamente bien. Cinco años tranquilos y una nueva vida. A los veintiocho volvió a Barcelona.
Su madre murió, como todos.
Era una especie de fracasado congénito, el pesimismo fluía por sus venas, abocándolo a una existencia gris y melancólica. Pero la vida seguía, y en Barcelona se encontró con Adela; fue en el bar de enfrente de la comisaría, El Paraíso. Se acostaron la misma noche en que se conocieron. Quizá debió sospechar que era una chica demasiado fácil, bien podía ser una fresca, pero a él le daba igual. Alta y morena, de formas generosas, pechos turgentes y prieto trasero. Sus labios eran carnosos, muy apetecibles, siempre propicios y rojos, muy brillantes por el carmín; sus ojos, inmensos, negros y aceitunados; ella, graciosa y despierta. Luego supo, entre burlas, que se había acostado con medio cuerpo policial, aunque en realidad eso a él no le afectaba.
Se casó con ella a las dos semanas de conocerla.
Las risitas a sus espaldas no le importaban. Ahora era su mujer, y la quería. Aquello era pura envidia. Sí, eso era, le envidiaban porque aquella hembra era suya y sólo suya. Ingenuo.
Poco a poco los rumores comenzaron a minar su moral. Las evidencias se acumulaban. Un día reparó en un cigarrillo apagado en el cenicero de la mesita de noche: un Lucky. No era su marca.
A veces la sorprendía mintiendo, pues decía haber estado en tal o cual sitio, de compras, cuando le decían que la habían visto con algún hombre en un café. En otra ocasión le abordó la mujer de un compañero para contarle que su marido le era infiel con Adela. Aquello comenzaba a complicarse.
