Aun así le agradaba aquella pensión, situada en un amplio piso de la calle de Almenara.

Aquel era un mundo pequeño y, a su manera, complejo. Un edificio que constituía un universo propio, minúsculo, pero a veces complicado y difícil de comprender. Mientras que el segundo piso pertenecía a doña Salustiana, la azotea, con el palomar y un minúsculo ático, era ocupada por un individuo extraño, don Práxedes, de quien se decía que había combatida en la guerra a las órdenes del Campesino despachando a más de una docena de curas, aunque nadie tenía redaños para preguntarle si aquello era cierto y cómo era posible que con ese pasado no estuviera en la cárcel o, peor aún, muerto.

Desde su habitación, Alsina oteaba el patio del edificio al que daban dos viviendas de la planta baja situadas en el mismo, al fondo, sin ventanas a la calle. Eran pisos interiores. Uno estaba ocupado por doña Tomasa, una costurera de quien se decía que era madre soltera. Su hija, Clara, de catorce años apenas, estudiaba en la Milagrosa y suponía un cierto factor de turbación para el policía, con los senos turgentes, pequeños y dulces como melocotones de Cieza, que se intuían apenas bajo la camisa blanca del uniforme escolar. Ella se sabía deseada por los varones del barrio y jugaba con ellos, demasiado pizpireta quizá, dándoles mala vida. El detective sabía que algún día iría demasiado lejos con esos juegos y terminaría quedando preñada de algún desaprensivo. Un desastre.

En el otro bajo situado en el patio residían un viajante de comercio, un representante de los famosos tejanos Lois que nunca paraba en casa, don Diego, y su mujer, siempre reservada y un tanto estirada.



16 из 390