encuentros, en especial de uno muy extraño que iba a celebrarse en la Universidad de Minnesotta, en donde pensaban reunirse más de quinientos profesores, traductores y especialistas en literatura alemana y sobre el cual Morini tenía fundadas sospechas de que se trataba de un bulo, luego hablaron de Benno von Archimboldi y de su vida de la que tan poco se sabía: todos, empezando por Pelletier y terminando por Morini, que pese a ser de común el más callado aquella noche se mostró locuaz, explicaron anécdotas y cotilleos, compararon por undécima vez vagas informaciones ya sabidas y especularon, como quien vuelve a dar vueltas alrededor de una película querida, sobre el secreto del paradero y de la vida del gran escritor, finalmente, mientras caminaban por las calles mojadas y luminosas (eso sí, de una luminosidad intermitente, como si Bremen fuera una máquina a la que sólo de tanto en tanto recorrieran vívidas y breves descargas eléctricas) hablaron de sí mismos.

Los cuatro eran solteros y eso les pareció un signo alentador.

Los cuatro vivían solos, aunque a veces Liz Norton compartía su piso de Londres con un hermano aventurero que trabajaba en una ONG y que sólo un par de veces al año volvía a Inglaterra. Los cuatro estaban dedicados a sus carreras, aunque Pelletier, Espinoza y Morini eran doctores y los dos primeros, además, dirigían sus respectivos departamentos, mientras que Norton estaba recién preparando su doctorado y no esperaba llegar a jefa del departamento de alemán de su universidad.

Esa noche, antes de quedarse dormido, Pelletier no recordó los rifirrafes del congreso sino que pensó en él mismo caminando por las calles adyacentes al río y en Liz Norton que caminaba a su lado mientras Espinoza empujaba la silla de ruedas de Morini y los cuatro se reían de los animalitos de Bremen, que los observaban u observaban sus sombras en el asfalto, montados armoniosamente, cándidamente, en sus respectivos lomos.

A partir de ese día y de esa noche no pasaba una semana sin que se llamaran regularmente, los cuatro, sin reparar en la cuenta telefónica y en ocasiones a las horas más intempestivas.



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