
Los cuatro eran solteros y eso les pareció un signo alentador.
Los cuatro vivían solos, aunque a veces Liz Norton compartía su piso de Londres con un hermano aventurero que trabajaba en una ONG y que sólo un par de veces al año volvía a Inglaterra. Los cuatro estaban dedicados a sus carreras, aunque Pelletier, Espinoza y Morini eran doctores y los dos primeros, además, dirigían sus respectivos departamentos, mientras que Norton estaba recién preparando su doctorado y no esperaba llegar a jefa del departamento de alemán de su universidad.
Esa noche, antes de quedarse dormido, Pelletier no recordó los rifirrafes del congreso sino que pensó en él mismo caminando por las calles adyacentes al río y en Liz Norton que caminaba a su lado mientras Espinoza empujaba la silla de ruedas de Morini y los cuatro se reían de los animalitos de Bremen, que los observaban u observaban sus sombras en el asfalto, montados armoniosamente, cándidamente, en sus respectivos lomos.
A partir de ese día y de esa noche no pasaba una semana sin que se llamaran regularmente, los cuatro, sin reparar en la cuenta telefónica y en ocasiones a las horas más intempestivas.
