
– Stalin suprimió la sequía en el Volga.
– ¡Alegría para los boteros, Majestad!
El colmillo de oro del Zar lo confortó. Nada importaba nada -energía, energía- los pectorales contraídos bajo la comba de los cordones y la gran cruz, las viajes barbas de Verchencko el conspirador.
Se detuvo en la Diagonal, donde dormía el Boston Building bajo el cielo gris, frente a la playa de automóviles.
Naturalmente, Maria Eugenia se puso en primer plano con el vuelo de sus faldas blancas.
Sólo una vez la había visto de blanco; hacía años. Tan bien disfrazada de colegiala, que los dos puñetazos simultáneos que daban los senos en la tela, al chocar con la pureza de la gran moña negra, hacían de la niña una mujer madura, escéptica y cansada.
Tuvo miedo. La angustia comenzó a subir en su pecho, en golpes cortos, hasta las cercanía de la garganta. Encendió un cigarrillo y se apoyó en la pared.
Tenía las piernas engrilladas de indiferencia y su atención se iba replegando, como el velamen del barco que ancló. Con el silencio del cinematógrafo de la infancia, las letras de luz navegaban en los carriles del anunciador:
AYER EN BASILEA – SE CALCULAN EN MAS DE DOS MIL LAS VICTIMAS.
Volvió la cabeza con rabia.
– ¡Que revienten todos!
Sabía que María Eugenia venía. Sabía que algo tendría que hacer y su corazón perdía tontamente el compás. Lo desazonaba tener que inclinarse sobre aquel pensamiento; saber que, por más que aturdiera su cerebro en todos los laberintos, mucho antes de echarse a descansar encontraría a Maria Eugenia en una encrucijada. Sin embargo, hizo automáticamente un intento de fuga:
– Por un cigarrillo… iría hasta el fin del mundo…
Veinte mil "affiches" proclamaron su plagio en la ciudad. El hombre de peinado y dientes perfectos daba a las gentes su mano roja, con el paquete mostrando – 1/4 y 3/4 – dos cigarrillos, como dos cañones de destructor apuntando al aburrimiento de los transeúntes.
