
– No hay cuidado… Lo van a hacer capataz al adulón de Fernández. Se lo oí al ingeniero esta tarde.
Barreiro lo miró con una sonrisa de simpatía:
– Entonces… ¿te venís con nosotros?
– Y claro… Ya me engañaron bastante.
EL Flaco volvió a reírse y, sin saber por qué, el Negro tuvo ganas de pisarle la cara; pero no dijo nada y siguió fumando, observando entre la niebla del humo los cuadriláteros amarillos en la fachada del club. Sería lindo estar adentro, sentarse en un sillón con los pies sobre la mesa y pedir algo fuerte para tomar. Hacer carambolas y carambolas, sin fallar nunca, hasta cansarse. Jugar a los naipes, él y el director contra el médico y el ingeniero. Una partida de truco en que las manos se le llenarían de flores de treinta y ocho. Pero más lindo que todo eso sería empezar a golpes con los empleados, las luces y las botellas. Hijos de perra…
Entrando en su odio repentino, la risa previa del Flaco tenía algo de insulto personal. Esperó, apretando los dientes.
– ¿Sabes que Forchela está mal? Dio vuelta la cabeza rápido, mirando la cara pálida y maligna del otro.
– ¡Que reviente!
El flaco volvió a reírse, ahora largamente, temblándole el pecho en sacudidas. Murmuró:
– Qué modo tenes de tratar a tu…
El Negro se incorporó de un salto, fija la mirada en la cara que iba a aplastar bajo el botín.
– ¿A mi qué, dijiste?
No le importaba que lo dijeran; no le importaba decirlo él mismo. Pero sabía que el Flaco se burlaba a sus espaldas y lo sentía movido por un despecho amargo
– Vamos, vamos… No se van a pelear ahora -intervíno Barreiro, temeroso de que la disputa hiciera fracasar la fuga-. Yo estuve de tarde en el hospital. Forchela está en un delirio.
Mordió el cigarrillo con rabia v clavó los ojos en las ventanas. Hasta las doce no se irían. Si el enfermero lo dejara entrar…
Barreiro estiró los brazos, bostezando. Luego se acostó.
