Lo sacudió un ruido de pasos, y Barreiro, ya junto a él, no le dio tiempo para asustarse.

– Mirá, Negro.

Hablaba rápido, el cigarrillo en la boca, los puños clavados en la cintura, traduciendo oscuramente algo de resolución y desafío.

– Te aviso que si vos te quedas, nosotros nos vamos a ir, igual.

– Claro que nos vamos. Los tres. ¿A qué viene eso?

Barreiro balanceó la cabeza y dejó de mirarlo.

– No, por nada. Te decía, no más. Que igual nos vamos.

El Negro encogió los hombros. Se atragantó con un montón de palabras y un odio feroz- incomprensible. Mientras Barreiro se asomaba por encima de la tranquera para mirar al club, él respiró con ansia, entornando los ojos.

– Cuándo se irán esos…

Barreiro se ajustó el cinto y se alejó sin ruido metiéndose lentoen la oscuridad.

El Negro miró hasta el fin la rava blanca del cuello que se iba deslizando bajo los árboles. Pasó las piernas por encima del alambre y siguió andando en la noche.

Se detuvo, indeciso, aspirando el vago olor a desinfectante. Como un esqueleto de museo, la pérgola del pabellón A. Pensó que tendría que cruzar la gran sala v que los muchachos aún no dormidos lo verían pasar. Vergüenza de que supieran que había venido a esas horas a preguntar por Forchela. Las miradas de burla y los chistes groseros iban a enlazarle las piernas. Se apoyó en las maderas donde se enredaban los rosales. Una flor, la última, escondía los pétalos amarillentos contra el blanco listón. Ya que iban a reírse, que fuera é1 el primero. Cruzaría la sala con una sonrisa cínica, alta!a rosa en la mano.



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