
– ¡Tenemos que salir de aquí! -gritó el bombero, sorprendido al ver que Daniel era un anciano.
Daniel lo miró como si no le entendiera. Su respiración era entrecortada, angustiosa.
– No… encuentro… mi… rosa.
A la mente del bombero acudieron las palabras de la novicia: «No ha querido salir. No encuentra su rosa». Era increíble la estupidez que estaba oyendo. Sintió deseos de romperle la cara a aquel imbécil. Él estaba jugándose la vida para rescatarlo, el fuego los rodeaba, y a ese hijo de mala madre sólo le preocupaba una maldita rosa.
– Si no sale de ahí, le juro por Dios que yo haré que salga.
Un nuevo crujido engulló la amenaza y el ataque de tos que le siguió. El bombero se encogió contra la cama cuando medio techo se vino abajo entre un mar de llamas y brasas. Daniel lanzó un alarido tenible y se escurrió de debajo de la cama con violencia, derribando al bombero. Era increíble que aún tuviera fuerzas para eso.
– ¡Vuelva aquí!
Lo vio dirigirse escaleras arriba. Fue tras él, maldiciéndolo. El tejado estaba ardiendo; también lo que quedaba del suelo. Y en medio de las llamas se encontraba Daniel, rebuscando desesperadamente entre los muebles que ardían. Respiraba con estertores y estaba quemándose las manos, pero no desistía. Se le oyó balbucear algo ininteligible: «No encuentro mi rosa». Al bombero se le encogió el corazón. Estaba contemplando la locura. Las maderas del suelo vacilaron bajo su peso. Pero tenía que rescatar a Daniel. Este no le prestó atención cuando el bombero llegó a su lado. Segundos después, el mundo se sumió para Daniel en la oscuridad. El bombero evitó que cayera y se lo echó sobre el hombro. Pesaba tan poco…
