– Tú estás aquí y estas sobrio -terció-. Eso es lo importante.

– Sin duda.

– Cualquier día que acabas sin un trago es un buen día. Los días se suceden sin beber. Lo más difícil del mundo del alcohólico es no beber y tú lo estás haciendo.

Salvo que se equivocaba. Hacía diez días que había salido del hospital. Estuve sin beber durante dos o tres días, luego tomé el primer trago. La mayor parte del tiempo bebía uno, dos, o tres vasos y me mantenía bajo control, pero el domingo por la noche, había agarrado una buena ingestión con bourbon en un bar de la Sexta Avenida donde esperaba no encontrar a nadie conocido. No me pude acordar de cómo salí del bar y de cómo volví a casa, pero el lunes por la mañana, temblaba como una hoja, tenía la boca pastosa y me sentía como un resucitado.

Esto no se lo dije.

Transcurridos los diez minutos empezaron el coloquio. Las personas decían sus nombres, se reconocían alcohólicos y agradecían al conferenciante por su testimonio. Proseguían explicando en qué manera se identificaban con el hablante o recordaban algunas imágenes de su tiempos de borrachos o exponían alguna dificultad con la que debían enfrentarse en su lucha por llegar a ser un sobrio total. Una joven, no mucho mayor que Kim Dakkinen habló de los problemas con su novio, y un homosexual entrado en los treinta narró una pelea que sostuvo con un cliente de su agencia de viajes. La historia era divertida y fue recibida con un torrente de risas.

Una mujer comentó:

– No hay nada más sencillo que renunciar al alcohol. Sólo basta con no beber, asistir a las reuniones y cambiar de una vez la asquerosa vida que lleváis.

Cuando me tocó el turno de hablar dije, simplemente:



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