
Y lo hizo, pero si ella lo escuchó, no dio ninguna señal; sólo siguió avanzando con paso firme hacia las profundidades del lago.
– ¡Marina! -gritó él, echando a correr. Aunque volara, todavía tardaría un minuto en llegar al agua-. ¡Marina!
Ella llegó a un punto en que sus pies perdieron contacto con el fondo y se hundió, desapareció debajo de la superficie gris brillante, aunque la capa roja flotó unos instantes encima del agua antes de empaparse y hundirse.
Phillip la llamó otra vez, pero era imposible que lo escuchara. Bajó la pendiente a trompicones y resbalando y, cuando llegó a la orilla, tuvo el suficiente aplomo para quitarse el abrigo y las botas antes de meterse en aquel agua congelada. Marina llevaba ahí abajo poco más de un minuto; Phillip sabía que era imposible que se hubiera ahogado pero cada segundo que tardara en encontrarla sería un segundo menos antes de la muerte de su mujer.
Se había metido en el lago muchas veces y sabía perfectamente dónde empezaba a ser profundo. Nadó con brazadas amplias hasta ese punto crítico sin darse cuenta de la resistencia de la ropa al agua.
Sabía que podía encontrarla. Tenía que encontrarla.
Antes de que fuera demasiado tarde.
Se zambulló en el agua, buscando a Marina debajo de las aguas revueltas. Seguro que había llegado al fondo y había levantado barro, porque el agua estaba sucia y aquellas opacas nubes de suciedad le impedían ver con claridad.
Pero, al final, a Marina la salvó su predilección por el color rojo. Cuando Phillip localizó la capa, nadó hacia allí a toda velocidad. Ella no se resistió cuando la subió hacia la superficie; de hecho, estaba inconsciente y sólo era un peso muerto en sus brazos.
