
– No es él, – replicó Mrs. Brougham. – Él todavía está en Oxford, como tú bien sabes. Charles está viniendo.
Poof. Las hermanas Brougham se desinflaron, de repente.
– Oh, – dijo una de ellas. – Charlie.
– Hoy, dices, – otra dijo, con una carencia notable de entusiasmo.
Y entonces la tercera dijo, – Tendré que esconder mis muñecas.
La cuarta no dijo nada. Ella sólo continuó bebiendo su té, pareciendo más bien aburrida por todo eso.
– ¿Por qué tienes que esconder tus muñecas?, – preguntó Penélope. En toda verdad, yo me hacia la misma pregunta, pero parecía una pregunta demasiado infantil para una señorita de diecinueve años.
– Eso fue hace doce años, Dulcie, – Mrs. Brougham dijo. – ¡Santo Cielo!, tienes una memoria de elefante.
– Una no se olvida de lo que le hizo a mis muñecas, – Dulcie dijo misteriosamente.
– ¿Qué les hizo?, – preguntó Penélope.
Dulcie hizo un movimiento de cuchilla sobre su garganta. Penélope jadeó, y debo confesar que había algo espantoso en la expresión de Dulcie.
– Es una bestia, – dijo una de las hermanas de Dulcie.
– No es una bestia, – insistió Mrs. Brougham.
Las chicas Brougham nos miraron, sacudiendo la cabeza en un acuerdo silencioso, como si quisieran decir: – No la escuchéis.
– ¿Cuántos años tiene su sobrino ahora?, – mi madre preguntó.
– Veintidós, – contestó Mrs. Brougham, pareciendo algo agradecida por la pregunta. – Él se graduó en Oxford el mes pasado.
– Es un año mayor que Ian, – explicó una de las chicas.
Cabeceé, aunque me costaba utilizar a Ian – con quien nunca me había encontrado – como punto de referencia.
– Él no es apuesto.
– O agradable.
Miré a la última de las hermanas Brougham, esperando su contribución. Pero todo lo que ella hizo fue bostezar.
– ¿Cuánto tiempo se quedará?, – preguntó mi madre cortésmente.
