
Rook no dejó traslucir su reacción. No había ido allí para entretener a Harris.
– Está bien. Ya se ha divertido. ¿Qué es lo que ocurre?
Los ojos del viejo perdieron parte de su brillo.
– La agente Stewart no está aquí por motivos de trabajo, no está protegiendo a Bernadette. De hecho, la conoce de toda su vida.
Rook no dijo nada. En media docena de citas, sólo había aprendido de Mackenzie que era nueva en Washington, nueva en el trabajo como agente del orden y una nativa de Nueva Inglaterra con piernas espectaculares, una boca muy agradable de besar y un sentido del humor imparable.
No habían llegado al punto de comentar qué amigos podía tener en Washington.
Las dos mujeres continuaron juntas hacia el salón de baile.
– Bernadette la salvó -dijo Harris.
– ¿Cómo la salvó?
– Cuando ella tenía once años, su padre quedó tullido en un terrible accidente cuando construía un cobertizo para Bernadette en su casa del lago. Estuvo meses en cama y Mackenzie se quedaba mucho tiempo sola. Se metió en líos. Robó cosas. Se culpaba de lo que había pasado.
– ¿Por qué? Tenía once años.
– Ya conoce a los niños.
En realidad, Rook no los conocía. Intentó imaginarse a Mackenzie con once años. Pecosa, seguramente. Estaba dispuesto a apostar a que había tenido un millón de pecas. Todavía las tenía.
Harris levantó su vaso, casi como un brindis, y tomó un trago largo con los ojos más oscuros y concentrados.
– Usted no sabía que su marshal se había criado enfrente del lago de Bernadette, ¿verdad, agente Rook?
– No, no lo sabía.
– En su ciudad natal, llaman Beanie a Bernadette. Beanie Peacham. Yo no lo he hecho nunca -sin esperar respuesta, Harris eructó y se puso en pie; señaló su vaso casi vacío-. ¿Pagará el Gobierno?
– Pago yo. Espere y salgo con usted.
El viejo se echó a reír y puso una mano en el hombro huesudo de Rook.
