Dije, en tono condescendiente, que el tema era interesante, pero que el estilo incurablemente evasivo de James había acabado por malograrlo. Roderer no pareció demasiado herido sino solamente algo extrañado. -Es que hay que leerlo como un texto filosófico -dijo-. Es, en el fondo, como El camino a la sabiduría: absorberlo todo, rechazarlo todo y luego, olvidarlo todo.

Habíamos desembocado en el patio. Escuché desde una de las esquinas un murmullo de risas ahogadas. Mi hermana se había separado de su grupo de amigas y venía hacia nosotros. Sentí ese indefinible orgullo que me daba siempre mirarla: era verdaderamente bonita. Me preguntó algo que, por supuesto, no esperaba que yo respondiera.

– Bueno -me dijo, alzando hacia Roderer sus grandes ojos-: ¿no nos vas a presentar?

Dije los nombres y Cristina extendió a Roderer su cara como para que le diera un beso. Lo hizo de un modo absolutamente natural y encantador y Roderer, contagiado por aquel gesto, dio un paso para besarla, pero algo lo detuvo, como si lo hubiera aniquilado un pensamiento espantoso y se quedó inmóvil y aun retrocedió un poco. Hubo un momento de terrible incomodidad. Mi hermana sonrió con heroísmo.

– ¿Ya no se dan besos en la ciudad?

El nos miró a los dos, consternado.

– Estoy enfermo -dijo.

Tres

Es cierto, como dije antes, que Roderer no prestaba ninguna atención a lo que se decía en clase; hubo dos ocasiones, sin embargo, en que sorprendí en él un asomo de interés. La primera fue durante una de las clases de Matemática que nos daba el licenciado Durel, un recién graduado que estaba preparando su doctoración en la Universidad del Sur. Durel viajaba sólo una vez por semana a Puente Viejo, de modo que debía juntar las horas y su clase se hacía interminable. Era totalmente lampiño y tenía una cara tan aniñada que parecía aun menor que nosotros; para empeorar las cosas, su tono de voz era demasiado bajo para enfrentar un curso y no se decidía tampoco a poner orden con un grito o con unos golpes en el pizarrón.



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