
– Reducción al absurdo, sí -repitió, clavando con la mirada a aquella pobre chica-: uno de los métodos de demostración más antiguo, un método que ya conocían los griegos y que se aplica sistemáticamente, con total despreocupación, desde hace siglos, a tal punto que si se proscribieran de pronto todos los teoremas demostrados por el absurdo, se derrumbaría íntegro el orgulloso edificio de la matemática. Y sin embargo la demostración por el absurdo reposa en la ley más precaria de la lógica: el principio del tercero excluido, la creencia de que entre el ser y el no ser no puede haber una tercera posibilidad. Fíjense -y escribió con rápidas letras una H, luego una flecha y luego una T-. Fíjense qué engañosa sencillez: se supone falsa la tesis y si bajo esta suposición se consigue probar que resulta falsa también la hipótesis, ya está, puede afirmarse la verdad de T. ¿Y por qué?
Por supuesto nadie le contestó. Durel exclamó con incredulidad:
– Porque suponer su falsedad ha conducido a un absurdo -y golpeó la H en el pizarrón-: ¡que la hipótesis sea a la vez verdadera y falsa!
Tampoco ahora logró el efecto de iluminación que buscaba, pero noté que Roderer había dejado de leer y lo estaba escuchando.
– De este modo -prosiguió Durel- pueden engendrarse por una vía puramente lógica entes complejísimos, absolutamente ficticios y que tienen sin embargo una existencia virtual, verdaderos monstruos de abstracción, sostenidos sólo por la confianza de los hombres en su forma de pensar.
Se detuvo, desalentado, como si hubiera recordado de pronto dónde estaba. Vio sin duda las caras ausentes, las lapiceras dejadas de lado. Sólo Roderer lo había escuchado hasta el final. Miró su reloj con un gesto culpable.
– Volviendo al Teorema de Ruffini… -dijo, y le faltó valor para seguir-: no lo voy a tomar en el examen.
Mientras todos se levantaban vi que Roderer anotaba algo en el margen de su libro. Miré al pasar sobre su hombro. Suponer que El existe -había escrito- y no llegar a un absurdo.
