
Por supuesto, nadie la conocía en Puente Viejo, donde se jugaba la Ruy López, o la Defensa Ortodoxa, o, a lo sumo, alguna Siciliana; yo la reservaba celosamente a la espera del torneo. Y de pronto, delante de todos, ese recién llegado la jugaba contra mi. Claro que todavía era posible -y preferí creer esto-que el salto de caballo solo fuese una jugada torpe, de novicio. Avance mi peón rey y Roderer volvió a pensar demasiado antes de desplazar su caballo a cuatro dama. Esto se repitió en las jugadas siguientes: yo desarrollaba puntualmente la variante de la Enciclopedia y Roderer se demoraba cada vez en responder pero elegía al fin la contestación correcta, de modo que me era imposible decidir si conocía la apertura o solo tema una especie de intuición afortunada que se desmoronaría en el primer ataque serio. Poco a poco íbamos soltando las ultimas amarras; nos internábamos en esa tierra de nadie, mas allá de los primeros movimientos, en donde empieza de verdad el juego; apenas sentía ahora los ruidos, como si en algún momento se hubiesen amortiguado; las mesas de naipes, llenas de humo, me parecían fantásticamente lejanas y aun los que se habían acercado a mirar la partida, esas caras tan conocidas, todo se me hacia vago y distante, como cuando se nada desde la playa mar adentro. Volví entonces a mirar a Roderer. Se que hubo luego mujeres en el pueblo que penaron por el; se que mi hermana lo amo con desesperación. Tenia el pelo castaño, con una mata que le caía cada tanto sobre la frente; aunque me daba cuenta de que no debía ser mayor que yo, sus rasgos parecían acabados, como si hubiesen adquirido a la salida de la infancia su forma definitiva, una forma que no se correspondía de todos modos con ninguna edad determinada. Los ojos eran oscuros; había en ellos una fulguración que a simple vista pasaba inadvertida, una luz remota que -me di cuenta luego- siempre estaba ahí, como si la mantuviese encendida en una paciente vigilia; cuando desde afuera algo o alguien los solicitaban, se animaban bruscamente y miraban con una penetración honda, casi amenazante, aunque esto duraba solo un momento, porque Roderer los desviaba de inmediato, como si tuviera conciencia de que su mirada incomodaba.