En algún momento había visto a Salinas de pie junto a la mesa, con su copa en la mano; mientras bebía se le formo a medias una sonrisa sardónica que aun le duraba cuando lo llamaron para su turno en los dados. Vi luego irse a Nielsen; me saludo desde la puerta con un gesto que no entendí. El salón se despoblaba de a poco; Jeremías daba vuelta las sillas sobre las mesas vacías. Ahora era yo el que pensaba largamente cada nuevo movimiento; había enfilado mis piezas contra uno de los peones, un peón lateral. Este ultimo ataque, como todos los anteriores, se me revelaba inútil: el peón que había creído débil y aislado aparecía en cada replica mas protegido, hasta volverse inaccesible. De todos modos yo seguía trayendo y sumando en lentas evoluciones mis piezas mas lejanas, no porque guardara alguna esperanza sino porque estaba demasiado exhausto como para intentar nada nuevo. Inesperadamente, cuando había logrado reunirlas a todas, Roderer avanzo una casilla el peón y su dama quedo enfrentada a la mía. Sentí un frío sobresalto; aquello era, aquello que tanto había temido estaba por suceder. Eche una mirada a la nueva posición: el cambio de damas que proponía Roderer arrastraría, por el encadenamiento que yo mismo había provocado, la liquidación de todas las demás piezas. No conseguía sin embargo figurarme como quedaría luego el tablero. Podía imaginar cinco, seis jugadas mas adelante, pero no lograba ir mas allá. No había tampoco ningún sitio adonde pudiera retirar mi dama: el cambio era forzado. Esto al menos me liberaba de seguir pensando. Las piezas fueron cayendo disciplinadamente, una por bando; hacían un ruido seco al entrechocar y quedaban luego fuera del tablero. ¿Cuantas jugadas, me preguntaba con incredulidad, había podido anticipar el? Vi al fin, en el tablero desierto, de que se trataba: el peón que me había empeñado en atacar estaba libre y ahora avanzaba otra casilla. Mire en busca de mis propios peones, conté con desesperación los tiempos. Era inútil: Roderer coronaba, yo no.



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