El trayecto resulta corto. Cuando menos lo espera, Marina escucha la voz de la azafata entrecortada por el mal funcionamiento del micrófono:

– … dentro de unos instantes aterrizaremos en el aeropuerto del Prat: por favor, asegúrense de no olvidar ningún efecto personal…

Y después de agradecer, en nombre del comandante y de toda la tripulación, la con-fianza depositada por los viajeros en la Compañía Iberia, desea a todos una estancia muy feliz en Barcelona.

Brota en seguida la musiquilla sedante iniciada en Madrid y cercenada a lo largo de la travesía.

El mar está ahí; abarca toda la ventanilla. Cuando el avión se endereza, el paisaje cam-bia. Llueve, y las tierras pantanosas del Prat sé ven moteadas de charcas grises: «Un cuadro que Urgell hubiera podido pintar.» Y al instante recuerda a Bravo, su galería de arte, las re-cientes negociaciones realizadas en Madrid. Piensa en lo que Bravo le dirá cuando ella le refiera el éxito de su intervención cerca del Zabaleta.

No obstante, la fina mano de Bruna se impone a toda idea y a toda distracción. Reconoce que es un recuerdo grotesco y absurdo, sin relieve nocivo; sin embargo, no puede evitar que esa mano se imponga. La ve ahora extendida sobre el mar (un mar gris enca-britado por la lluvia) y le parece que, a pesar de estar muerta, la mano continúa viva. «Es gra-cioso -se dice por lo bajo-. Es verdaderamente gracioso.» Evoca la exclamación de Teresa, entre divertida y escandalizada, y los mordaces comentarios de Tina y la severidad llena de reproches de Rogelio… Pero el Zabaleta ha sido comprado y el cliente de Barcelona probablemente pagará el doble de lo que Marina ha concertado con el vendedor de Madrid.

Para Marina es un descanso grande tener a Bravo como socio. Ella sola jamás hubiera podido salir del atasco. Bravo posee el don de la prudencia, de la medida y de la ponde-ración: precisamente lo que ella había necesitado al morir Rogelio.



3 из 170