
– La última vez que vi un hielo fue cuando era pingüino -había respondido el barman.
– ¿Y cómo tú sabías que yo estaba aquí? -le preguntó el Conde a su ex compañero luego de beberse de un golpe la mitad de su porción.
– Para algo soy policía, ¿no?
– No te robes mis frases, tú.
– Ya no te sirven, Conde…, ya no eres policía -sonrió el teniente investigador Manuel Palacios-. Nada, no aparecías por ningún lado y como te conozco tan bien, me imaginé que ibas a estar aquí. No sé cuántas veces me contaste esa historia del día que viste a Hemingway. ¿Y de verdad te dijo adiós o es invento tuyo?
– Averígualo tú, que para eso eres policía.
– ¿Estás cabrón?
– No sé. Es que no quiero meterme en esto…, pero a la vez sí quiero meterme.
– Mira, métete hasta donde quieras y cuando quieras te paras. Total, todo esto no tiene mucho sentido. Son casi cuarenta años…
– No sé por qué cono te dije que sí… Después, aunque quiera, no puedo parar.
El Conde se recriminó y, para autoflagelarse, terminó el trago de un golpe. Ocho años fuera de la policía pueden ser muchos años y nunca había imaginado que resultara tan fácil sentirse atraído por volver al redil. En los últimos tiempos, mientras dedicaba algunas horas a escribir, o cuando menos a tratar de escribir, el resto del día lo empleaba en buscar y comprar libros viejos por toda la ciudad para surtir el quiosco de un vendedor amigo, del cual recibía el cincuenta por ciento de las ganancias. Aunque el dinero producido por el negocio casi siempre era poco, el Conde disfrutaba con aquella ocupación de traficante de libros viejos por sus variadas ventajas: desde las historias personales y familiares agazapadas tras la decisión de deshacerse de una biblioteca, quizás formada durante tres o cuatro generaciones, hasta la flexibilidad del tiempo existente entre la compra y la venta, que él podía manejar libremente para leer todo lo interesante que pasaba por sus manos antes de ser llevado al mercado.
