
Por supuesto, el hígado de Alicia tiene sus límites. Jamás se relaciona con clientes infumables. Si al primer encuentro en la calle, el tipo tiene rasgos repelentes, no acepta ni montar en su coche.
Con la mayoría tiene, dentro de su casa, un comportamiento standard. Cuando saca a los tipos del segundo cuarto, ya no los lleva de la mano, sino que se les cuelga de un brazo y les deja sentir la turgencia de un seno.
Sí, que sientan el rigor de la materia joven.
Y mientras tanto les refiere, en tono confidencial, que aquella alcoba con la cama de dos plazas y los atrevidos espejos, está desocupada. La reservan para huéspedes. Hasta dos años antes había sido el dormitorio de sus padres.
– Pero desde que se divorciaron, mamá ya no la usa… Bueno
– añade Alicia con seriedad y un desparpajo hechicero-; no la usa para dormir…
Luego salen al jardín, y entre palmaditas a un perro que deja de patrullar el fondo para mirarlos con una lúbrica y relamida bizquera, ella admite unas caricias rápidas, junto al limonero.
Cuando regresan a la sala, Margarita entra casualmente por la puerta de la cocina con una guitarra.
– Dice Leonor que si se la puedes prestar de nuevo el sábado.
– ¡Qué remedio! -comenta Alicia resignada, mientras abre el estuche y pulsa las cuerdas.
Y de inmediato canta su primera canción, siempre la misma, de Marta Valdés.
Siguen más tragos y los deliciosos camarones empanizados. Margarita también canta su mismo bolero de los años cincuenta, pero ¡uyyy! se le hace tarde, lamentablemente se tiene que ir…
Cuando quedan solos, puede pasar cualquier cosa. A los clientes con un mínimo de iniciativa, Alicia se los lleva a la cama, y allí actúa según vaya descubriendo sus aptitudes o deficiencias viriles. Pero todos reciben un tratamiento virtuoso.
