
Tiene un relojito (siempre el mismo) que se le rompe en presencia del cliente. En dieciocho meses de ejercicio, ya le han regalado ocho relojes, comprados por un total de dos mil doscientos dólares. Le han obsequiado también dos freezers grandes, un piano, tres guitarras finas, cinco equipos para disco compacto, una computadora de mesa y otra portátil, una motocicleta (aunque ella sigue pedaleando); y en los meses de calor, ¡coño! ¡otra vez el puñetero aire acondicionado del cuarto se ha vuelto a romper! y ella, encuera, llenándose de grasa, destornillando, fajada con el aire, y el cliente anonadado por la interrupción que la madre ha provocado adrede desde el conmutador de la cocina, y Alicia blasfemando, dándole patadas al trasto de mierda, llorando de impotencia, cuando más lo necesita, coño, y monta en cólera con tanta veracidad, llora con tanta impotencia, rompe con tanta coquetería una loza barata contra el piso, que muy desalmado tendrá que ser el encamado de turno, para no aparecerse al otro día con un aparato nuevo.
Ante el cliente ganado a pedal, mimado por su madre, pero que después de recibir las consabidas atenciones anuncia su necesidad de marcharse a atender compromisos, reuniones, etc., e insiste en invitar a Alicia a su hotel, ella se mantiene en sus trece. Finalmente, acuerdan una cena en la casa. El cliente traerá todas las provisiones.
– Y por la noche, si quieres, te puedes quedar a dormir aquí
– le dice Margarita, con la mayor naturalidad.
(En verano, esa variante les permite fingir la rotura del aire acondicionado, o el congelador de la modesta neverita soviética. ¡Ay, por tu vida, qué vergüenza contigo!)
