
– ¡Sí, puta, puta! ¡Claro que sí, chica! -había insistido la niña.
Generalizados los apagones y la distribución de un panecillo por persona, Alicia hizo varios intentos honestos por conseguirse un extranjero rico, que la sacara del país y la pusiera a vivir como ella quería. Aducía tener una sola vida y gustos caros. Y esos gustos quería dárselos en esta única vida y cuanto antes.
En dos ocasiones, durante los años 94 y 95, sus intentos honestos estuvieron a punto de dar resultados, pero a último momento fracasaron.
Llegó, pues, el día en que Alicia decidió hacerse puta.
Ni un discurso más: si veía a Fidel en el televisor, lo apagaba. Al carajo con la moral y los principios. Sí, puta.
Margarita tuvo que estar de acuerdo. No hubiera podido impedírselo. Y con profusas lágrimas reconoció que de haber tenido veinte años menos, ella habría hecho lo mismo.
– Pobre hija mía…
– ¡Qué pobre ni un carajo! A llorar a la iglesia.
Ni Alicia ni la madre habían sido nunca gusanas.
Margarita, nacida en el 48, había estudiado pintura en San Alejandro durante la década de los sesenta, y luego, un par de semestres de la Licenciatura en Historia del Arte. Siguieron el matrimonio y los viajes. Con Germán, funcionario de Comercio Exterior, casi dos décadas mayor que ella, había vivido cinco años en Bélgica y tres en Inglaterra. Margarita provenía de la vieja burguesía habanera; pero por seguir a Germán, hombre viril, hermoso, patriota y fidelista, había desertado de su familia ricachona, emigrada a Miami desde 1960, y había acompañado sinceramente el proceso revolucionario. Siempre desde posiciones muy cómodas, claro; pero lo había acompañado.
