Y había desaparecido.

El inspector Rebus, que estaba delante de la chimenea de mármol, cambió ligeramente de posición y se desplazó hacia un extremo de la misma. David Costello siguió con la mirada el movimiento.

– El médico me recetó unas pastillas -dijo por fin.

– ¿Las has tomado? -preguntó Rebus.

El joven negó despacio con la cabeza sin apartar los ojos de Rebus.

– No te lo reprocho -dijo Rebus metiendo las manos en los bolsillos-, te dejan unas horas aplatanado pero no cambian nada.

Hacía dos días que Philippa, «Flip» para los amigos y la familia, había desaparecido. No era mucho tiempo, pero era una desaparición inexplicable. Hacia las siete de la tarde habían ido a verla unos amigos al piso para confirmar que se reuniría con ellos una hora después en un bar del sector sur; era uno de esos pequeños locales modernos que habían surgido alrededor de la universidad a tenor del auge económico y del gusto por la iluminación discreta y los combinados carísimos.

Rebus los conocía porque había pasado por allí camino de la comisaría y al volver a casa.

No muy lejos había un pub anticuado donde se podían tomar combinados de vodka por una libra y media; sin embargo, las sillas no eran precisamente de lo último, y el personal, aunque sabía zanjar los altercados, no estaba muy al día en cuestión de cócteles.

La desaparecida salió del piso probablemente entre las siete y las siete y cuarto. Tina, Trist, Camille y Albie ya iban por la segunda ronda. Rebus había leído el expediente para verificar los nombres. Trist era el diminutivo de Tristram, y Albie, de Albert. Trist era pareja de Tina, y Albie, de Camille. Flip tenía que haber ido con David, pero éste, como ella les anunció por teléfono, no iba a acudir.

– Otra ruptura -les dijo en tono despreocupado.



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