
– Había sido, ¿qué?
– El asesino de Flip. Me parece que dijiste: «Cree que la he matado yo, ¿verdad?».
Costello asintió con la cabeza.
– Es que es lógico, ¿no? Nos peleamos y es normal que me considere sospechoso.
– David, de momento eres el único sospechoso.
– ¿De verdad cree que le ha sucedido algo?
– ¿Qué crees tú?
– No hago más que estrujarme el cerebro desde el primer momento.
Permanecieron en silencio un rato.
– ¿A qué ha venido aquí? -preguntó Costello de improviso.
– Ya te he dicho que iba camino de casa. ¿Te gusta la ciudad vieja?
– Sí.
– Es algo distinta de la nueva. ¿No pensaste en trasladarte cerca de donde vive Flip?
– ¿Qué insinúa?
Rebus se encogió de hombros.
– Quizá vuestras preferencias sobre Edimburgo arrojen cierta luz sobre vosotros dos.
– Ustedes, los escoceses, son a veces muy reduccionistas -dijo Costello con una risa seca.
– ¿En qué sentido?
– Ciudad vieja frente a ciudad nueva, católicos contra protestantes, costa este y costa oeste… Las cosas suelen ser algo más complicadas.
– Yo me refería a que los contrarios se atraen.
Se hizo otro silencio y Rebus examinó el cuarto.
– ¿No revolvieron mucho?
– ¿Quiénes?
– Los que hicieron el registro.
– Podría haber sido peor.
Rebus dio un sorbo al café fingiendo que lo degustaba.
– Aquí no habrías dejado el cadáver, ¿verdad? Quiero decir que sólo los pervertidos hacen una cosa así. -Costello lo miró-. Perdona, me refería a que…; hablaba en teoría. No afirmo nada. Pero los de la científica no buscarían un cadáver. Ellos se ocupan de detalles que a nosotros nos pasan desapercibidos. Rastros de sangre, fibras, un cabello -añadió Rebus moviendo la cabeza despacio-. Los jurados creen todo eso. El criterio policial clásico ya no cuenta -dijo dejando la taza y metiendo la mano en el bolsillo para coger el tabaco-. ¿Te importa que…?
