No está mal haber terminado con aquello asistiendo a un milagro, ¿no te parece?». El relato de este lance surrealista quedó interrumpido porque en ese momento vino alguien con la noticia que Camilo José Cela, al que negaban el galardón año tras año, acababa de declarar en Radio Nacional que el Premio Cervantes era una mierda. «Este Camilón ha ido a Estocolmo a promocionarse para el Nobel. Ante el pleno de la Academia Sueca ha afirmado que puede absorber por el culo una palangana llena de agua», comentó Torrente. «En ese caso, seguro que le dan el Nobel de Física», dijo el duque.

Puesto que me había nombrado su biógrafo oficial siendo testigo el rey de España, lamenté no tener el talento de Valle-Inclán, ya que Jesús Aguirre, como personaje, podía desafiar con ventaja a cualquier ejemplar de la corte de los milagros. Según Valle-Inclán, el esperpento consiste en reflejar la historia de España en los espejos deformantes del callejón del Gato. Si este hijo natural, clérigo volteriano, luego secularizado y transformado en duque de Alba, se hubiera expuesto ante esos espejos, probablemente los habría roto en pedazos sin tocarlos o tal vez en el fondo del vidrio polvoriento habría aparecido la figura del Capitán Araña.

Terminado el acto académico en Alcalá de Henares, cuando regresaba a Madrid, en la radio del coche balaba la cabrita de Julio Iglesias echando caramelos por la boca. El locutor interrumpió la canción Soy un truhán, soy un señor para dar la noticia de la muerte de otro militar a manos de ETA, seguida de las condolencias y repulsas de los políticos, entre las que sobresalía la voz engallada del ministro socialista de Interior con la amenaza difusa de tomar represalias. Luego en la radio sonó El vals de lasmariposas, de Danny Daniel, mientras yo trataba de recordar cuándo y en qué lugar me había encontrado por primera vez con Jesús Aguirre.

1970



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