
Se puso la identificación en el vestido y respondió.
– No, no he visto a Thomas desde el duodécimo grado. -No, desde que le abandonó por Mark Harris, quarterback y popular musculitos.
Durante once años ella y Thomas habían sido buenos amigos. Durante seis meses del verano y otoño de 1989 fueron algo más, pero durante los últimos diez años no habían hablado. No desde la noche en que ella dijo Sí y arruinó su relación con Thomas por un tipo como Mark. Gracias a Dios había crecido y a lo largo del camino aprendió que se sentía perfectamente tal y como estaba.
Antes había estado un poco deslumbrada. En un pueblo del tamaño de Gallinton, el quarterback y capitán del equipo de esquí era una celebridad local. Mark era alguien y se había fijado en ella.
Ella no quiso herir a Thomas, no quiso perderlo, y fue a su casa aquella noche esperando que pudieran permanecer como amigos. Tendría que haberlo sabido mejor. La noche que rompió con él, Thomas le lanzó una fría mirada y agregó: «Siempre quisiste sentarte en la mesa grande. Esta es tu oportunidad. Pero no esperes que yo esté para recoger los pedazos. No estaré allí.» Y no había estado.
Justamente un mes después, Mark la dejó plantada y Thomas había continuado con su vida. Después de eso, cada vez que estaban en la misma habitación, la miraba como si fuera una extraña.
– Supongo que tendrá mucho éxito ahora.
– ¿Quién?
– Thomas Mack. Empezó creando una compañía de software y recientemente oí que la vendió por millones.
Bien, pensó Brina. Thomas siempre dijo que sería millonario cuando llegara a los treinta. Parece que lo consiguió. Uno de los marginados, un joven cuyos padres murieron cuando era un bebé. Un niño que fue criado por unos abuelos que le querían pero con poco dinero para mantener a un niño, eso había marcado la diferencia. Sería bueno verlo otra vez.
